Inside Megaupload

Transcurridos unos días desde el convulso cierre de Megaupload, el mayor repositorio en la nube de intercambio de contenidos multimedia, es tiempo de sacar algunas conclusiones y plantear ciertas preocupaciones.

Es sabido que el asunto es de gran relevancia y de no poca complejidad, ya que nos movemos en un terreno en el que existen pocos precedentes y que tiene diferentes vertientes: técnica, jurídica, de negocio, e incluso conceptuales. Como todo lo que concierne a las descargas en Internet no deja frío a nadie y el debate está tan polarizado que resulta difícil escuchar posiciones equilibradas.

Aunque aún es pronto para saber el alcance real del cierre del mayor site de intercambio de videos en la Red, se puede, al menos, esbozar algunas conclusiones. Por una parte, el affair Megaupload ha debido sorprender a no pocos usuarios. Alguno de ellos se habrá sobrecogido al saber que estaba financiando, según el FBI y buena parte de los medios, poco menos que a la peor mafia desde los tiempos de Al Capone. A otros usuarios, que perciben la web como el último espacio de libertad, habrán sufrido un fuerte shock al descubrir el tren de vida de Kim Dotcom, su fundador. La ostentación de la que hacía gala el fundador de Megaupload recuerda mucho a la que muestran los infames brokers retratados por Charles Fergunson en Inside Jobs. No es de extrañar el desconcierto causado. Mientras se discutía el futuro de la cultura libre y los procomunes unos pocos supieron sacar provecho para su enriquecimiento personal.

Pero lo más relevante sobre las consecuencias del cierre de Megaupload está por llegar. Una cosa parece clara, con las leyes actuales se puede actuar y cerrar aquellos sites que infringen el derecho de propiedad intelectual. En este contexto es inevitable no ver la alargada sombra de la Stop Online Piracy Act (SOPA) y el evidente riesgo, si finalmente llegara a aprobarse, para el futuro de Internet y, lo que es más importante, para la libertad en la Red. ¿Cuál es entonces el interés por endurecerlas poniendo en riesgo la vulneración de derechos  fundamentales e incluso el futuro de muchas empresas de Internet?

El esfuerzo y las presiones que los lobbies están realizando para elevar el derecho de propiedad intelectual sobre otros derechos es ciertamente peligroso. La trasformación del consumo de medios por parte de los usuario es irreversible. La industria nuevamente se equivocaría si pensara que resulta más rentable invertir en abogados que en innovación.

Para entender las implicaciones de la SOPA:

 

2 opiniones en “Inside Megaupload”

  1. Efectivamente, como en el caso de Napster, la industria de los contenidos prefiere decantarse por pagar abogados y mantener su modelo actual que tratar de adaptarse al mercado y encontrar un modelo que pueda gobernar. Pero no, me temo que al final pasará como con iTunes. Ya se sabe, a rio revuelto…. saldrá alguien que dará con “la solución”, se convertirá en intermediario y la industria habrá perdido una oportunidad.
    Creo que el error-problema es la ley de propiedad intelectual, que muy dificilmente va a cambiar en el corto y medio plazo. Pagar por copia es algo que antes podía tener sentido pero en el intercambio de bits me parece que ya no.

    Innovación es la clave.

    Muy buen resumen de la situación y la solución.

  2. Llego tarde, caro amigo.

    Decís bien en que la propiedad intelectual es el problema. Lo es. Es un debate de una complejidad técnica grande, porque la gente vive confundida sobre lo que es y lo que supone. Como dice David, es lenta de cambiar. Cuando alguien levanta el dedo todo el mundo mira donde apunta, así que si dicen ¡descargas! ¡robo! ¡ilegal! ¡se apropian de mi trabajo! todo el mundo mira donde no es.

    Así que nadie cae en la cuenta y no sale en el discurso publicado que el problema de la propiedad intelectual es la de crear monopolios abusivos para impedir la competencia. Impedir la competencia, como decís, es desde luego matar la innovación. La cuestión más grave se encuentra en que ese monopolio se crea por la influencia desaforada por corporaciones organizadas que secuestran las institutuciones para crear las leyes y para decir quién trabaja y quién no: cositas lindas como Sgae o Promusicae son eso. Personas que se garantizan rentas apropiandose de prebendas legales. El colmo es que ahora el canon lo pagaremos con impuestos: de nuevo, la pobreza del debate lleva a que eso no genere cascadas de protestas en twitter y esas herramientas tan monas que dicen que dan libertad.

    Las recetas de cocina no tienen derecho de autor. Y parece que a nadie le preocupa. Es muy interesante porque permite comprobar cómo en ausencia de derechos la innovación no se reduce, sino que se puede decir que se acelera: ¿tiene sentido copiar la carta de Ferran Adria? Se pude hacer, lo publica todo. Pero, ¿podrás cobrar lo mismo que él o tener la misma reputación? No, sólo lo puedes hacer si innovas sobre lo que él hace. Como han hecho muchos cocineros.

    Jose Carlos Capel hacía una columna el otro día que recuperaba este tema que sacó una vez como sugerencisa, yo creo que cachonda, Arturo Prados, el del cerrado Sthephane y Arturo. A él lo que le jodía es que hubiera listos en australia que cogieran recetas reconocidas de cocineros españoles y las resentara como propias. Ajá, el problema de los derechos morales. Pero hoy Australia no está lejos: basta un twit, una foto, un post y el que se apropia de algo (moralmente) se ve descubierto y está más obligado aún a innovar.

    Por tanto, la cuestión no reside en si las violaciones de derechos pueden ser perseguidas por el FBI sin más leyes, eso es de nuevo señalar con el dedo donde no es: la cuestión es cómo desmantelar un sistema legal que no cumple los fines para los que originalmente se creó: estimular la educación y la innovación y llegar al dominio público por defecto. Como la cocina. Aunque Andoni Luis Aduriz se haya buscado ahora un truco para empezar a bloquear la innovación culinaria.

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