Privacidad: el nuevo contrato social

Captura de pantalla 2014-03-15 a las 18.11.13Sostiene Rousseau que los ciudadanos para vivir en sociedad acuerdan de forma implícita un contrato social por el cual  se les “otorga ciertos derechos a cambio de abandonar la libertad de la que dispondrían en estado de naturaleza”. Así se ha interpretado, desde la Revolución Francesa hasta nuestros días, la relación entre el Estado y la ciudadanía. A partir de la revolución industrial este convenio “contractual” se extendió hacia una vinculación más estrella entre las empresas y sus cliente. En la nueva sociedad digital asistimos a una evolución más compleja y difusa entre el Estado, las compañías y los ciudadanos/clientes, adquiriendo el nuevo contrato social una nueva dimensión cuyo alcance empezamos a intuir ahora.

Durante la prevalencia del estado-nación el principal debate con respecto a la privacidad se centraba en la dicotomía seguridad-libertad, vínculo que unía a los ciudadanos con lo público. A medida que lo público pierde relevancia frente a lo privado, y más aún con el auge de la sociedad digital en la que los datos se convierten en moneda de cambio, la privacidad adquiere un valor de bien económico.  De esta forma, nos enfrentamos a un nuevo paradigma del concepto de privacidad.

Desde la aparición de las primeras pantallas como la del cine a finales del s.XIX, la distancia que nos separaba ha ido disminuyendo paulatinamente, obteniendo más información y siendo ésta, además, cada vez más personal. Las últimas pantallas en aparecer son las denominadas wearable: gafas, relojes, lentillas o pulseras que son capaces de monitorizar, entre otras muchas cosas, nuestra actividad biológica. Las oportunidades que ofrecen son sin duda interesantes para la creación de nuevos servicios de valor, por ejemplo en el campo de la salud o la seguridad,  pero al mismo tiempo alteran y modificar el concepto de privacidad como no había sucedido antes con ninguna otra tecnología. Que el precio de un seguro sanitario pueda variar en función del riesgo de sufrir una enfermedad coronaria a partir del análisis de la información que se obtiene, por ejemplo una app de “fitness”, no parece ya ciencia ficción.

Los usuarios son cada vez más conscientes de que a la hora de poder acceder a servicios digitales, más allá de aceptar los interminables cláusulas de condiciones, ceden una parte de su privacidad a cambio  pertenecer a una red social, de intercambiar fotos con el móvil, o de disponer de varios “gigas” de almacenamiento en la nube para guardar sus documentos.

Las empresas deben ser también conscientes de que adquieren un compromiso implícito de buen uso de los datos de sus usuarios. Su futuro y supervivencia dependerá en gran medida de ello. La privacidad, por tanto, pasa a formar parte de la cuenta de resultados de las compañías,  ya no es solo un aspecto legal o sociológico sino económico. El nuevo contrato social se sustentará en un nuevo equilibrio, todavía en vías de construcción, entre el buen uso de los datos privados que aportamos  y los servicios digitales que recibimos a cambio.

Comments

  1. says

    Interesante perspectiva Pepe. En este tiempo la importancia de ‘mis datos’ se dirime en un entorno de falta de definición concreta: las empresas directamente, en el entorno digital, hacen negocio con ‘mis datos’ y los de los demás, a través de una concesión asumiendo las normas de uso que en muchas ocasiones colisionan con los derechos de las personas. El estado va detrás y su enfoque legal y su velocidad a la hora de regular y defender la protección de datos de sus ciudadanos, deja que desear. ¿Y las personas. Al final todo este fenómeno de la web 2.0 ha servido solo para que se valoren nuestros datos en una pelea por ver quién se hace con ellos? ¿Con qué contrapartidas, solo por darnos gratis unos servicios, y que ganan a cambio las empresas? Como todo lo que nos ocurre últimamente, este asunto avanza con rapidez y no sabemos a que conclusiones estables llegaremos, si es que llegamos. De momento, creo que como ciudadanos no podemos renunciar a los datos de cada cual, porque son nuestros y tenemos derecho a que sean protegidos. Mientras que, en paralelo, las empresas escalan y nos sitúan en un entorno competitivo diferente con una generación de riqueza propia de una era diferente. Big data es la ‘gran esperanza blanca’ de las empresas, y en eso trabajamos, siempre que no colisionen contra nuestros derechos y en la esperanza, de que los ciudadanos como agentes actuantes no veamos relegado nuestro papel al de mero dato acumulado.

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